Dios salve al lehendakari
Dios salve al lehendakari
que no es un rastafari
él es un txistulari
uaa aaa
¡¡¡VIVA POCH!!!!
Dinero (1)
Por artistadesconocida
Fotografía en contexto original: bluelennon

Dos veces al mes, la mesa del comedor quedaba cubierta por montañas de dinero.
Había billetes nuevos y billetes resobados en los que alguien había escrito ¡viva yo!,pero no importaba su apariencia: tanto valían los recién planchados como los remendados con celofán. Mi padre no hacía distinciones entre ellos: los contaba todos y los organizaba en fajos que sujetaba con gomas elásticas.
Era hijo de un perdedor de la guerra – aunque nunca perdió el tiempo sintiendo rencor contra el otro bando-, y durante su infancia jugó a ser mayor y a comprar cosas con dinero republicano, que carecía de valor después de la victoria de los nacionales. Su padre era albañil y su madre una anarquista que sólo le mandaba al colegio los días de lluvia. Mi abuela consideraba que era una crueldad mandar a los niños a la escuela cuando podían estar jugando en la calle. Su hijo, que pasó mucha hambre en la posguerra de Madrid y terminó de aprender a leer con la publicidad de los tranvías, era empresario del ramo de la construcción cuando yo nací.
Antes de que yo hiciera la Primera (y casi la última) Comunión, él tenía muchos empleados, en una época llegaron a ser doscientos. Entonces nadie utilizaba talones, ni transferencias, ni tarjetas de crédito: el dinero que ocultaba la mesa del comedor era el destinado a pagar los salarios de los hombres. Dos veces al mes, mi padre entregaba a mi madre uno de aquellos fajos. Uno de los días de cobro, mi hermano pequeño, que debía tener cuatro o cinco años pero ya comprendía cómo funcionaba el mundo, miró a nuestra madre, abrió los brazos en cruz y le dijo:
- Cuando me case contigo, te voy a traer unos ramos de billetes ¡así de grandes!
Durante nuestras vacaciones escolares, nuestro padre nos llevaba alguna que otra tarde a su oficina, y yo me quedaba bien quietecita cuando iba alguien a verle, bien atenta en un rincón. Le vi pagar, cobrar, contratar a alguien o despedirlo. Aprendí sobre jefes y empleados, clientes y proveedores, a una edad muy temprana sin darme cuenta.
Ahora soy yo la que hace pequeños montoncitos con el dinero: para los recibos, para el alquiler, para el comedor, para la ruta, para gasoil, para la compra, para los teléfonos móviles, para la tarifa plana…
Y echo de menos la infancia, la época en la que dos veces al mes las gomas de pollero restallaban en el comedor. Mi padre me enseñó a cerrarlas sobre los billetes.
- Muy bien. ¿Ves qué bonito queda?
- Sí.
- Pues métetelo en la cabeza: el dinero sólo es dinero
Diario de ausencias: distancias
Por Pedro Lluch
BCN-BIO.
Zumban los kilómetros bajo las ruedas. El paisaje se despliega a lo largo del día, vegas, llanos, sierras, “alcaceles, / terraplenes, pedregales, / olivares, caseríos, / praderas y cardizales, / montes y valles sombríos”. El cielo azul, las nubes atormentadas, el oro en biés que el sol derrama entre los claros, las rachas de viento… hacen que resulte dramático el paisaje, ¡y tan bello! El sol da paso al chubasco, y tras la lluvia el sol de nuevo, deslumbrante. Nieves del Pirineo, nieves en el Moncayo, nieves de Ezcaray. Y el mar al final: “de mar a mar, entre los dos, la guerra”. La ensenada desde lo alto: fábricas, chimeneas, herrumbre, vapor, tapias y grúas que parecen esqueletos a un lado; del otro las calles, las casas, la confortable placidez del Neguri; entre los dos un puente que viene y va, el rumor del mar a lo lejos, el trajín y los paraguas del norte, la hierba verde como de diccionario, lluvia. Luego el rubí de un buen reserva de Rioja, con copa y compostura. La charla amena, de punta a punta de la mesa; entre los dos, las letras. El brillo de una sonrisa, de una complicidad que vamos descubriendo a cada frase, una complicidad paciente que lleva 25 años esperando. Y la distancia corta, muy corta, más tarde, sobre sábanas blancas.
Cuna del castellano y del euskera: San Millán de la Cogolla.
Las mesas del bar están dispuestas frente a un prado, en el extremo de un valle. El prado es verde, y el domingo denso. Bosques de robles, de encinas, que retrepan por las laderas. Al fondo de la perspectiva se eleva una cima nevada que nubes volanderas tapan y destapan al antojo del viento. Detrás de nosotros, las piedras del monasterio, silenciosas, paradas, quietas. Unos niños patean un balón sobre el parterre. Un botellín de Heineken, tan verde como los prados.
Alfajarín.
Naves industriales, tractoras y sus remolques sesteando al borde de la Nacional II. Apago la radio. Echo el cierre a las cuatro puertas del coche, reclino el asiento y duermo una hora. El cansancio que la emoción cose a los músculos se destensa y afloja. Un café. Coca-cola. Y un maletero de besos lleno para ir gastando en los días venideros, píldoras contra la distancia.
Miguel Pérez de Lema
Se cumplen 40 años de mayo del 68. Un año -y sus proximidades- cargado de efectismos, fosforescencias, pana y proyectos de ingeniería social. Lo que somos, para bien y para mal, tiene sus raíces en aquel año.
Gracias al éxito de la píldora las jovencitas declaraban la soberanía sobre sus cuerpos y en las pantallas del mundo libre Barbarella daba ejemplo viajando por la galaxia, follando a troche y moche.
Aquí una parodia malthusiana de a donde puede llevar el sexo seguro, y ¿una anticipación del ciber sexo?, pero sobre todo una excusa para recordar a Jane Fonda.
Sexo salvaje
Por mujerabasedebien
Cuando follas
tienes una mirada sin cultura,
salvaje,
dicen.
Claro,
busco un hombre
que me dome.
MIRA QUé BIEN
por César de las Heras
Hoy pienso en Shwedagon, en la escalera de acceso, en mis botas verdes, en su melena rubia, en la mesa de madera, en el árbol de Bhuda, en aquel sol pintando la pagoda, en aquel monje. Hoy todo es claro, y por primera vez en éste año me coloco mis pantalones cortos. No es el calor húmedo de Yangun, y al mirar por el jardín no encuentro túnicas naranjas, sólo un perro mojado por la humedad de la hierba, un arce con un verde distinto al de mis botas verdes, y un olivo que al verde de mis botas le dio su nombre. Hoy sé que ha empezado el momento mas bello del año por mis tierras, y aunque recuerdo a Shwedagon, y su escalera de acceso, y mis botas verdes, y su melena rubia, y la mesa de madera, y el árbol de Bhuda, este sol pintando los lienzos de mi casa recubre de naranja mis momentos, y añoro menos las túnicas naranjas; mis campos ya están coloreados, han regresado los que portan plumas, y mientras, sigo rebuscando en éste fondo de armario que propone la memoria, estancias diversas, puertas que una vez abiertas me transportan, me hacen comprender. Hoy todo es tan claro, tan bello, tan luminoso, que no pienso parar de sonreír, que ya casi no importan las pérdidas, ni la mediocridad de los días sin magia. Hoy me lío un cigarrillo de manitu anaranjado, abro una cervecita fresca, miro a lo lejos, me miro, vuelvo a ver pasar estelas que se suponen llevan gente a diez mil metros, soy uno más, pero aquí, en éste rincón perdido de Castilla, la verticalidad y la transparencia se hallan a la par del trino de los pájaros, sigo con la sonrisa interna, echo a volar y no me paro entre los tristes, que se jodan.
Miguel Pérez de Lema
Esto tenía que llegar:
Fuente: BBCMundo.com
/Una legisladora por el partido en el gobierno en Ecuador ha propuesto que el derecho de las mujeres a la felicidad sexual sea garantizado por la carta magna del país.
María Soledad Vela, quien contribuye a la redacción de un nuevo texto constitucional, sostiene que las mujeres en Ecuador han sido vistas tradicionalmente como meros objetos sexuales o como encargadas de la crianza de los niños.
Ahora -sostiene- una mujer debe tener el derecho a tomar decisiones libres, responsables y bien informadas acerca de su vida sexual.
Un miembro de la oposición en la asamblea, Leonardo Viteri, llegó a acusarla de intentar decretar los orgasmos por ley.
Vela respondió a las críticas sosteniendo que nunca llegó a demandar el derecho a un orgasmo, sino el derecho a disfrutar de las relaciones sexuales en una sociedad libre, justa y más abierta./
Sobre cómo garantizar los orgasmos, la Seguridad Social de Ecuador debería tomar nota de este documento:
Por Marisol Oviaño

Madre no hay más que una.
Cuando tenía quince años creía que una buena madre era la que todo lo consentía. A los cuarenta y dos agradezco a la mía que me enseñara a luchar. A los cuarenta y dos sé que las cosas resultarían más difíciles de no haber contado siempre con su amor incondicional de madre y abuela, sin las broncas que de vez en cuando me echa, los abrazos con los que prodiga consuelo y las comilonas con las que nos obsequia. Además, también tengo que agradecerle que me diera unos hermanos con los que me divierto y en los que puedo confiar.
De jóvenes nos creemos que volamos muy alto, pero en realidad nunca dejamos de dar vueltas alrededor del nido, y a medida que nos hacemos viejos paramos cada vez más en él.
Hoy mi madre irá a buscar a la suya mientras yo meto prisa a mis hijos para que se duchen y se vistan. Nos juntaremos cuatro generaciones alrededor de la mesa de la abuela. La bisabuela hace tiempo que está demasiado mayor para organizar saraos. El día de la madre es sólo una excusa para juntarnos, a nosotros lo que nos gusta es celebrar, sentirnos parte de nuestra familia.
Felicidades, madre. Y gracias por enseñarme a cimentar.
Flores y buen rollo
por Marisol Oviaño

Como bien dice Miguel en el artículo que hay bajo éste, demos un poco de buen rollo.
Después de seis meses currando una media de trece horas (sábados incluidos), al fin he conseguido juntar tres días sin casi obligaciones laborales.
Deambulo feliz y desocupada por la casa. Del sofá a la terraza, de la terraza a la cocina a picotear algo, de ahí al ordenador… Me entretengo mirando las flores, contagiándome de su alegría y su buen rollo.
Unas las he plantado yo y otras las he cortado del jardín de Cris.
Y ya me callo, sólo quería compartir con vosotros el buen rollo que me dan.
Un poco de buena onda por favor
Miguel Pérez de Lema
Como quiera que somos muchos los que no tenemos puente, y los que están de puente volverán con los nervios hechos trizas, vamos a dar un poco de alivio a nuestros cansados corazones.
Traigo este pequeño clásico de Los Fresones como un potente antidepresivo. Tres minutos de chicle de máxima dulzura. Un mundo “kich”. A veces conviene jugar a ser niños en el parque de atracciones. Quitarnos por un rato la boina de la seriedad.
El tema está garantizado. Ha pasado la prueba de calidad de mi hija de 10 años. La ha escuchado dos veces y se la sabe de memoria, y la canturrea por los pasillos de la casa. Más barato y efectivo que el prozac.
(En los 90 también hubo vida inteligente).




Comentarios recientes