Por Marisol Oviaño
rodolfo y marisol en casa de méxico df
Fotografía de David Luna

Rodolfo Naró (Tequila, Jalisco, México) y yo (Madrid) nos vimos por primera vez en la Plaza de Oriente de Madrid hará ahora dos años.

Nos habíamos conocido en la red gracias a Proscritos. Entonces él no era un laureado novelista, aunque ya había publicado algún libro de poemas. Meses antes había recurrido a nosotros para que analizáramos El Orden Infinito. Hicimos un informe muy favorable y aconsejamos a Rodolfo que terminara de pulir lo que ya se veía como una obra muy ambiciosa.

Aquella tarde, para reconocernos, alguno de los dos iba de naranja vivo, no recuerdo si yo o él, creo que fue él. Había venido desde México y buscaba agente para el Orden Infinito, que ya estaba acabada. Pero yo había perdido el aliento en mis intentos por conseguir editorial para una gran escritora venezolana cuya literatura tenía las mismas influencias que la de Rodolfo, estaba reuniendo valor para levantar el vuelo de mi vida de casada, y no me sentía con ánimos de pasear editoriales arriba y abajo en Madrid y Barcelona para escuchar la misma respuesta: el realismo mágico ya no vende. No era el momento. Para luchar por lo que uno cree ha de sentirse bien, ha de creer lo primero en sí mismo, y yo estaba hecha una mierda profesional y personalmente.

Aquel día yo no estaba receptiva, tenía todas mis energías puestas en sobrevivir sin involucrarme en más causas perdidas, de modo que tomamos una coca cola en la Plaza de Oriente, subimos por las callejas de detrás a tomar unas cervezas, hablamos de literatura, de la vida y del amor, y no firmamos ningún contrato. A los dos días, me fui de casa.

Un año más tarde, Rodolfo nos recibió a mis hijos, a David Luna y a mí en su casa de México D.F, nunca sabrá lo bien que nos vino aquella hospitalidad al final del camino. Aunque Rodolfo estaba ya trabajando en otra novela, seguía moviéndose por El Orden Infinito, era un hombre con un objetivo, un escritor de raza. Había trabajado mucho para conseguir su gran obra, le había costado diez años escribirla, diez años de tenacidad, de luchar contra la corriente, de ser inasequible al desaliento. Sabía que era buena, que él tenía talento y estaba dispuesto a defender lo que había escrito hasta que se le hiciera justicia literaria.

Ha quedado finalista en Planeta Argentina, le han publicado y anda ahora de promoción.
En unos meses estará en España y tendré el placer de volver a abrazarlo.

La literatura no es una profesión para pusilánimes.

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Un comentario a “Rodolfo naró y el orden infinito”  

  1. 1 asdas

    pinche celoso

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