Ulises y el minibar
Por Inés Zarza
Fotografía: sondeoeconómico

Ulises se levanta de madrugada, aún tiene el cuerpo caliente cuando entra en el taxi y se enfrenta al único atasco posible a esas horas: El camión de la basura es un dragón terco que pone en peligro su apresurada carrera al aeropuerto. El taxista no abre la boca, ni falta que hace. Tampoco se levantó su mujer a despedirle, son demasiadas las madrugadas que sucedieron ayer o mañana, lo importante es no olvidarse nunca del cargador de la blackberry .
El viajero llega al aeropuerto y se desnuda. Es un trámite que aprendió a soportar con mansedumbre. También ha dejado de usar lentillas, (por lo del líquido), colonia y espuma de afeitar. Luego, entra en un pasillo metálico que le conducirá a un pájaro de fuego gobernado por una extraña y antipatiquísima tripulación. Aterriza en una capital de viento y atascos y recuerda que es el día del campeonato de judo de su hijo el mayor. Con suerte, la mediana le enviará un video por bluetooth.
La ciudad le recibe con el color amarillento de un amanecer contaminado, no recuerda cuándo fue la última lluvia que disfrutó, ni en qué ciudad se dejó acariciar por las gotas de agua. Tras la ventanilla de otro taxi silencioso, observa la cotidianidad de las familias; besos ante la parada del autobús, desayunos compartidos. El viajero tiene una reunión que es probablemente igual que las demás. Los tiempos emocionantes pasaron hace mucho, cuando en los aviones se podía fumar y las azafatas eran mujeres a las que le hubiera gustado desnudar…
Pasa un día azul marino. Cuando llega a la habitación del hotel, observa con embeleso los botecitos del cuarto de baño. Se pega una ducha larguísima, como nunca se permite en su casa. Entonces, sus pensamientos se despeinan y recuerda que a esa hora se vive en su vida una historia paralela de cotidianidad; huevos fritos con patatas, la serie de televisión en el sofá y el olor fresco de sus hijos en pijama antes de acostarse. Otros serán los olores que le acompañen; olor a moqueta y desinfección, olor a sábana en la que nadie durmió abrazado a su mujer, olor a cifra de ventas que subieron un poco, la cantidad exacta que le garantizará más vuelos en horrendos pájaros de fuego, más atascos tras el camión de la basura, más noches de acidez de estómago y dudas frente a la indiferencia del minibar.



Querida Inés, me encantó tu texto de Ulises y no importa que el corazón se balanceara entre la melancolía por esta condición humana a la que estamos abocados sin darnos cuenta y la alegría por la belleza de su descripción.
G Perrin