Por Marisol Oviaño
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Mi abuelo, hijo de agricultor, debía odiar estas eras, los trillos, las mulas, el frío en invierno, el calor en verano, el campo… En aquella época de tracción humana y animal, se sintió atraído por la tracción mecánica, y se hizo camionero contra la voluntad de su padre. Quizá también abrigaba esperanzas de conocer mundo.

Sus pasos le llevaron a Madrid, donde acabaría sus días joven y sin haber hecho fortuna. Me pregunto qué pensaría si viera estas balas de paja hechas por máquinas, si se cruzara con ganaderos y agricultores cómodamente sentados en viejos todoterrenos o vehículos para trabajar la tierra. Si viera a sus nietos ganarse el pan sin hincar el lomo ni mancharse las manos.

Si nos viera, ratones de ciudad, disfrutando de los paseos, los árboles, el chorizo y la sombra de los nogales.


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