Página del archivo 3
Ciberenemigos
por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto digital: matiasm

Desde que comenzamos la promoción de Seduciendo a dios , el blog y la página de la editorial van lentos y están dando problemas.
Los informáticos han descubierto que alguien se introduce en el servidor para desconfigurar todo lo que puede y hacer el mayor daño posible.
Sabemos quién es.
Formó parte de este equipo hace años, cuando estábamos desarrollando el proyecto del Ejército del Futuro, e incluso intentó- sin éxito- formar parte de mi vida. Durante los primeros meses, fue muy eficaz y se dedicó a granjearse la amistad de todos. Pero una vez que se sintió miembro de hecho de Proscritos, intentó eregirse en jefe, comenzó a sembrar la cizaña entre nosotros y a intentar librarse de quienes gozaban desde hacía años de toda mi confianza, como si tuviera celos de ellos … La convivencia profesional con él era una pesadilla, y nuestros caminos no tardaron en discurrir por caminos paralelos. Durante más de un año, no volví a saber nada de su vida.
Hace unos meses, cuando por fin estábamos acabando de dar forma a Seduciendo a dios , volvió a intentar ponerse en contacto conmigo. Pero no tuvo valor para hacerlo directamente y habló con terceros para que me transmitieran sus deseos de recuperar las amistades. No le envié el recado que esperaba, y di por hecho que dejaría de perder el tiempo. Pero me mandó una invitación para que me uniera a su club de amigos en Internet, a la que no me molesté en contestar. Una vez que mi instinto de supervivencia me avisa de que alguien es peligroso para mí o para los míos, no volverá a sentarse a mi mesa.
Hace unos días, cuando Proscritos LaEditorial se presentó al mundo de manera oficial, volvió a enviarme otra invitación, que tampoco contesté. Y las páginas comenzaron a dar problemas.
Nunca he entendido el rencor, esa estúpida pérdida de energía, ese inútil veneno que nubla la vista y desgarra el corazón de quien lo anida.
Me pregunto si no se da cuenta de que hace el ridículo, que sus esfuerzos para hacerme daño, por perjudicar un proyecto que ya existía antes de él y que sin él se ha llevado a cabo, sólo acaban siendo objeto de bromas en las reuniones proscritas a las que tanto le gustaría asistir y a las que jamás volverá a ser invitado.
Qué sentirá cuando se mire en el espejo.
Cuando lea estas líneas.
Funambulista
Por mujerabasedebien
Fotografía en contexto original: fresqui

Vivo sobre el alambre.
Vuestros corazones se detienen
cuando parece que estoy a punto de caer.
Unas veces finjo tropiezos.
Otras, tropiezo.
Si no me gustara el riesgo
si no me gustaran las alturas
si no hiciera piruetas sobre el vacío,
no me habrías llevado a tu cama.
Y yo no habría atado en tu ventana un alambre por el que huir.
Premios Miguel Hernández
Convocatoria de premios Miguel Hernández (poesía y periodismo). Para ver las bases, pincha aquí
Celulares anónimos, 2
por Clara Castillo
Fotografía: (c) 2007 Santiago Gª de Leániz Caprile

Supongo que en realidad no es cuestión de adicción, sino de mi capacidad de estropear las cosas que más deseo en el momento preciso. A veces, me distancio tanto de Clara que me parece que mi vida es el resultado de algún otro ser. No logro reconocer algunas realidades; las cortinas blancas, los libros de la librería. Oigo la lavadora y no sé quién la encendió, escucho el ritmo de mis pensamientos y me pregunto cuándo comencé a estar triste. ¡Adicta! que palabra tan rara, hay gente que la pronuncia con z, adizta, y a mí me entra la risa, no lo puedo evitar. Me cuesta decirlo. Me siento ridícula.
Y, sin embargo, hoy, en este cuarto de baño, sin móvil frente a mi propio pasado, recuerdo cuando recibía sus SMS: MUJER AZUL, TE MANDO UN BESO SUAVE COMO SUSURRO DE MAR y como todo, alma, corazón y vida, se convulsionaba. Volaba por el pasillo de mis propias expectativas, sintiéndome viva, eléctrica. Era la mujer azul y no podía haber nadie más feliz. Después, el análisis. Si escribía “un beso” era mejor que “besos”. Pero, poco a poco, encuentros y mensajes se fueron espaciando, cada vez más escuetos. Lo peor cuando ponía “bs”. SMS: NO PODRÉ VERTE, BS. Para llorar. Porque textual se parece a sexual sólo en el capítulo del desencanto. En momentos de especial valentía, cansada de sentirme enjaulada, dejaba el móvil en casa un par de horas y me iba a dar una vuelta. Al regresar, me encontraba presa de una agitación casi demoníaca; el pulso acelerado, la mano temblorosa que introduce el PIN. Luego, la nada.
La mayoría de los días la pantalla del teléfono permanecía en silencio, su silencio. Por las noches, antes de acostarme colocaba el teléfono sobre mi pecho. El corazón me decía que si despertaba y aún permanecía ahí, latiendo al unísono, corazón y máquina, órgano y teclado, entonces, entonces aún había esperanza. Al despertar, veía que el teléfono había pasado la noche en una de mis zapatillas, no había mensajes, sentía arcadas y la luz de la ventana me dañaba los ojos. En esta ciudad, hay demasiada luz por las mañanas.
En terapia nos han pedido que borremos todos los mensajes dañinos, todo aquello que nos aleja de la realidad. Empezar de cero. La verdad, sólo la verdad. Es un hombre casado y no va a volver. Dos o tres polvos de hotel y luego palabras, deshilvanadas palabras como murmullos lejanos en una conversación cruzada. La verdad es que hace seis meses que envió el último mensaje, el único que sí he borrado porque a las mujeres como yo no nos gusta la verdad o, más bien, nos da tanto miedo la realidad que poco a poco nos vamos quedando en nuestro rincón existencial, aprisionadas en un instante, casi, casi sin respirar.
Hola soy Clara, tengo 35 años y soy adicta a las palabras, maldita palabras que se cuelan en mi cabeza como abejorros frenéticos en una sala de estar.
El dinero y yo, 1
por artistadesconocida
Fotografía en contexto original: livejournal

Mi padre era un empresario de los de antes: producía cosas tangibles, daba trabajo a muchas personas y, si las cosas no iban bien, pasaba las noches fumando desvelado en el salón. Barrenando, lo llamaba él. Durante más de cuarenta años, muchas familias dependieron de sus decisiones.
Algunos sábados por la mañana nos llevaba a los bancos, y nos acercaba una silla al mostrador para que llegáramos a rellenar los impresos.Entonces los bancos eran unas entidades grises y frías, no había mamparas de seguridad y algunos cajeros llevaban manguitos. No eran las oficinas coloristas de hoy en las que uno casi puede sentirse como el salón de su casa. A mi padre no le gustaban los bancos, ni los créditos, ni las tarjetas. Sólo creía en el dinero que tenía en el bolsillo.
Cuando yo tenía catorce años, mi madre empezó a trabajar con él y me mandaba a comprar letras de cambio. Me enseñó a rellenarlas. Rellenarlas era un marrón: si te equivocabas con la máquina de escribir, había que comprar otra, y valían una pasta. Cuanto más dinero avalaban, más caras resultaban. A los quince sabía lo que quería decir mi madre cuando nos contaba en la comida que había ido a tal banco a que le “descontaran” una letra. Y por la cara que traía mi padre después de una reunión, adivinaba si le iban a pagar a 30, 60 ó 90 días. Lo importante era no descontar letras, aguantar costase lo que costase.
Y sólo se podía aguantar ahorrando y gastando poco.
Y gracias a eso, pudo superar distintas crisis… (continuará)
Un par in maschera
Por César de las Heras

En mi pañuelo de viaje el naranja simbolizaba la escasez de trabas para continuar, incluso una punta de calor para los días poco soleados.
El tren había salido de Wuhan, era un tren extrañamente aséptico, incluso su sonido era escaso, el fruto de su deslizamiento por los carriles de ferro se ahogaba gracias a una música ligera asiática, música para irritar los pabellones auditivos. Mi pañuelo, alargado sobre la litera, descansaba con una suavidad prudente; era capaz de tapar mi cuello a la vez que se repartía por mis hombros, o se dejaba ver alrededor de las caricias. Si era necesario miraba a los turbantes frente a frente, y cuando la frente goteaba, se dejaba mojar recibiendo mi jugo pegajoso con deseo, me atrevería a decir con ganas, con descaro, tela follada por los poros de mi piel.
Mi pañuelo de viaje ha subido abrazado a mí las pirámides de Teotihuacan, ha descendido el río Grijalba, el Dulce, el Yant Se, ha recorrido países complejos y desiertos mudos, ha aguantado el frío de los autobuses indios y el calor de la panamericana. Tela tintada nacida para protegerme si buscaba armazón de brazos enlazados, paño primoroso, lienzo o sudario que al carbono catorce le diría la fecha exacta en la que fui feliz, las horas justas en las que me reconozco vivo.
El tren llegó a Guilín a eso de las seis de una mañana. Mi sudario tintado, cansado, adormilado, somnoliento, seguro que observó cómo me levantaba, cómo recogía mis cosas, cómo lo dejaba al margen de mi vida. Llovía en la estación, estaba oscuro, el sur de China estaba al sur, y mi pañuelo proseguía viaje hacia el oeste. Al buscarlo en mi cuello me di cuenta del olvido; paralelo al vagón y acompasado corrí por la estación con la necesidad de rescatar al compañero, sin lograrlo. Llovía más, y el traqueteo de la máquina ahora era mayor, ya no había miedo a despertarme. Nunca olvidaré su silueta queda enredada en el aroma que dejé sobre la almohada, su suavidad, su naranja, todo el naranja que ahora me falta. Desde entonces busco un pañuelo de algodón tintado, un pañuelo amplio, generoso, y ya no viajo, solo busco su par.
The Wake
Por Inés Zarza
Fotografía en contexto original: peyoteria
A Jaime Aguilar
The wake es la expresión inglesa para definir el velatorio, ese ritual nocturno en el que se acompaña a los muertos para asegurarse de que estén al otro lado. Literalmente, “wake” significa estar despierto, velando.
Estaba en un tren rumbo al pueblo de los veranos de mi infancia enredada en este pensamiento, la lingüística es efectiva para no enfrentarse a determinadas situaciones: desamores, preocupaciones económicas, o duelos.
También repasé si había apagado todas las luces, y recogido del lugar de la casa en el que guardo el valor, todo el que necesitaba para dar un último adiós a un hombre que conozco desde que tengo un año, el hombre que me dio el primer beso. Cuando alguien cercano se muere, aunque sea una muerte anunciada, al principio te quedas bloqueada, después te sobreviene un gran cansancio, y, luego, luego llegan las preguntas y los recuerdos. ¿Qué tiene que ser morirse con 43 años? Morir y saber que te mueres durante una larga enfermedad en la que todo se va desintegrando. No volver a sentir el sol en el cuello, ni el olor del café. No volver a soñar, ni coger una ola con el cuerpo. No padecer frío o miedo. No tener vértigo, o descongelar a toda pastilla pechugas de pollo en el microondas. No follar. No dudar de Dios. No andar descalzo, recibir un SMS, o estrenar un libro en tarde de lluvia. No acariciar la nuca de la persona amada. No emborracharse. No creer en la inmortalidad.
Durante el trayecto, me dediqué a contemplar unas viejas fotografías. En la primera, Jaime y yo tenemos 15 años y estamos disfrazados de 1900 para una fiesta en casa de unos parientes. Jaime era un hombre guapo, castaño, alto y de permanente sonrisa que le acompañó hasta el final, cuando se convirtió en su única aliada. Yo, vestida de negro y súper maquillada, sonrío a mi compañero y parezco la hermana pequeña de La Pantoja. En otra, Jaime está dentro de una piscina. La foto fue sacada con una de las cámaras sumergibles que se pusieron de moda en los 80, junto a Alaska y los Pegamoides y las hombreras. En mi favorita, aparecemos casi todos los amigos en una fiesta sorpresa por mi 21 cumpleaños. Jaime estuvo en la fiesta, aunque no sale en la foto. Fue también, el final de los veranos en pandilla. La vida separa los destinos durante largos trayectos.
Unas horas más tarde, cuando me descubro cenando en una mesa con todos los presentes en aquella Polaroid, recuerdo, de pronto, que había sido Jaime el fotógrafo y que, muy probablemente, también fuera el anfitrión de aquel encuentro, años más tarde entre viejos amigos. Entonces, aunque ya había pasado una semana desde su fallecimiento, iniciamos el wake como sólo podía ser entre nosotros; a toda máquina y en plenas fiestas del pueblo. A las seis de la mañana, tras una enloquecedora noche de risas, copas, bailoteo, todos, sin haber mencionado palabra, supimos que aquel era nuestro mejor y más sincero homenaje.
Sin cadenas
Por Hijadecristalero
Sus cachorros duermen.
Esta mañana han estado poniendo en sus habitaciones unas jarapas que les ha regalado una amiga. El invierno se presenta duro, la calefacción es cara, sobre todo cuando vives en una casa en la que ninguna ventana encaja del todo en su marco. Cubrir el suelo es una manera de paliar los efectos de la crisis.
La casa está en silencio, a excepción de la música que suena bajita en el ordenador.
Es la hora de tomar esa copita compañera, a la que dentro de unas semanas- y si tiene dinero para ello- habrá que acompañar con un fuego. Si no hay pasta, tendrá que alejar el ordenador de la ventana, para no dar diente con diente mientras escribe.
Al principio, cuando el padre de sus hijos les abandonó (a ellos, no a ella: llevaban medio años separados cuando él se borró de la faz de la tierra), le pareció una venganza rastrera. Y tuvo miedo de las responsabilidades que recaerían sobre sus hombros.
Dos años después, no encuentra que sus hijos sean peores que los demás chavales de su edad. Al contrario, probablemente sean más sabios que quienes tienen padre y madre y no saben la suerte que tienen.
La vida sería más cómoda si hubiera un hombre que pasara pensión a los niños y se encargara de ellos de vez en cuando.
Pero, si eso hubiera sucedido, ella no se habría atrevido a hacer tanto como ha hecho, no habría crecido tanto, no se sentiría tan fuerte. Y tendría que andar negociando con él sobre la educación, las vacaciones y demás zarandajas. Y los niños la chantajearían con lo que él les hubiera comprado o prometido, como hacen todos los hijos de separados.
Dos años después, escribiendo estas líneas, se siente peligrosamente libre.
Y es consciente de que esa libertad aleja a los hombres de ella.
Al amor.
Y no le importa.
Sólo espera que no sea contagioso.
Ajoverde
Texto : Carmen K. Salmerón.
Foto: Manugon.

Para unos cuantos a los que les guste el buen disfrute.
- 100grs de pistachos tostados y sin piel.
- 1O gramos de perejil fresco.
- 1 miga de pan integral en remojo con un chorrito de vinagre de Módena.
- 1 diente de ajo hermoso y pelado.
- 2 dedos de aceite de oliva virgen.
- 1 pizca de sal yodada.
- Rebanadas de pan integral.
Esta exquisitez de unte, tiene la misma dificultosa elaboración que los anteriores: se meten todos los ingredientes pelados y partidos en el vaso de la batidora. Se aprieta el botón y cuando la pasta está homogénea, es el momento de levantar el dedo del susodicho botón. Al igual que los otros patés, o untes, se reprime el instinto de meter el dedo para probar (es que queda feo, no es que sepa peor que con pan, casi al contrario…) y, se come en rebanadas de pan integral. No dar rienda suelta a la glotonería los pecadores de gula, ya que estos untes son de “alta graduación” (100 grs de pistacho tienen cerca de ¡30gr. De proteínas, más que 100 grs. de ternera) y, por tanto, hay que degustarlos con mesura.
OBSERVACIONES:
El perejil no es cualquier cosa. Es una de las mayores fuentes de vitamina C. En cada 100 grs de perejil, encontramos unos 200 mgrs de esta vitamina, así que en los 9 ó 10 que lleva esta receta, unos 20 mgrs son ¡solo de vitamina C! Por tanto, pocas armas compiten con él en esta época tan proclive a los catarros. Además, es fundamental para la estructura del colágeno y por tanto, para mantener las células en su máximo esplendor.





Comentarios recientes