Página del archivo 4
Copio aquí la nota que me ha enviado la redacción de Quimera, compañeros del metal:
En septiembre del año pasado la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) demandó a la revista literaria Quimera por considerar que un artículo de opinión que cuestionaba sus gestiones para la recaudación de dineros atentaba contra su honor. El artículo “La Horda de los gestores” firmado por Trebor Escargot, exponía de manera irónica, satírica y con un estilo literario que al parecer estaba fuera del alcance de los responsables de dicha la institución, la posición crítica de su autor que, como es de conocimiento público, comparten un número considerable de españoles. El costo de los “daños al honor” de la entidad gestora era, según la misma, de 9.000 euros.
Por el presente comunicamos que el día 3 de noviembre se ha hecho pública la sentencia que, en primera instancia, absuelve a la revista de cualquier cargo.
Según el fallo, el artículo publicado por Quimera contiene “palabras que por sí mismas pueden considerarse ofensivas, como piratas, mafiosos o extorsionadores, que aisladas tienen una carga insultante, pero que no deben ser leídas de forma aislada”[…] “La demandante puede sentirse molesta y ofendida porque se critican sus formas de gestión, pero no insultada ya que lo publicado no fueron simples insultos sino opiniones razonadas y elaboradas, con razón o sin ella”.
Jordi Carrión, Juan Trejo y Jaime Rodríguez Z., directores de Quimera, agradecen el firme respaldo de Miguel Riera, editor de la revista, que en todo momento asumió la defensa de la libertad de opinión de sus colaboradores, así como la labor del abogado Javier de la Cueva, encargado de la defensa legal.
Peter Ugly
Tal como lo da El País.
La versión larga del combate puede verse en Infolivetv.
Para cualquier otra duda, consultar con el señor Lluch.
Volver a la tribu
por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original: flickr

Hace tiempo que venimos hablamos del asunto medio en broma.
Pero durante los últimos meses, conscientes de que vienen tiempos peores, hemos empezado a tratar el asunto con lápiz y papel, sumando niños, sumando adultos, sumando lo que pagamos de alquileres, sumando lo que nos cuesta vivir como está mandado: una familia, una casa.
Pero las familias ya no son lo que eran, los hombres no pueden mantener por sí solos a su mujer y sus hijos, muchas mujeres- como yo- sacan a sus hijos solas sin la ayuda de ningún hombre, muchos hombres se sienten solos y desplazados… Hay algo que no funciona. A mí no me gusta que mis hijos se críen sin un referente masculino, y, viendo lo que ha sucedido con su padre, quizá fuera mejor que ese referente no tuviera ninguna relación sentimental conmigo más allá de la pura amistad.
Y ayer, mientras nos calentábamos en mi chimenea, hicimos un hipotético reparto de papeles: a mí me tocaría cocinar para toda la tribu, mantener el fuego siempre encendido y contar historias que alimentaran el espíritu. Y podría seguir saliendo a cazar por libre siempre que quisiera.
Ninguna ley lo prohíbe.
Sólo el miedo impedirá que nos hagamos hippies pasados los cuarenta.
El mexicano, 2
por Rodolfo Naró
Fotografía en contexto original: mienlace

Si para George Steiner la idea de Europa es un café siempre a la vuelta de la esquina en cualquier ciudad de ese continente, y para Jorge Luis Borges las largas mesas de la amistad, que me suena al asado del domingo en familia que podría resumir a los argentinos, en México la cantina sería el lugar ideal para encontrar la esencia del mexicano. Ahí se debate, se arregla el mundo, se habla de política, se firman negocios. Se pelea y reconcilia uno consigo mismo, se celebra y se desenamora. Ningún lugar tan idóneo para encontrar a los amigos o pelear con ellos, comer lo que a uno le gusta. Escuchar música de mariachi y cantar sintiéndose Jorge Negrete, por supuesto bebiendo tequila, a veces también para olvidar.
Hasta hace pocos años la cantina era un lugar reservado para hombres, en muchas de ellas había un canalito al pie de la barra para que el bebedor no se molestara en ir al baño a orinar y si se perdía ensimismado en sus recuerdos podía encontrarse de nuevo en el espejo que sigue estando atrás del cantinero y que atestigua lo que sirve. Era un refugio que en los años setenta fue perdiendo su virilidad y venturosamente dejó paso a las mujeres, con anuncios que decían “Ambiente familiar”.
En Tequila, la cantina más famosa estaba instalada en el portal, se llama La Capilla y aunque desde hace algunos años la movieron de sitio, sé que la sigue atendiendo Javiercito, su propietario y que el lunes es el mejor día para beber. Muchas veces escuché a mi padre decir que iba a La Capilla, no precisamente a rezar. Nunca fue necesario que mi madre nos mandara a buscarlo, siendo casi el único doctor del pueblo, antes de su segundo tequila, alguien iba por él para que atendiera un parto o a un baleado. En aquellos años todavía muchos hombres andaban por la calle con la pistola fajada a la cintura y no era difícil que en un pueblo con más de 12 destilerías, donde el aire embriaga por su olor a tequila, acabaran a balazos por un simple desacuerdo de borrachos, como en las películas de Pedro Infante.
Más de doscientos años de antigüedad tiene el tequila, así como lo conocemos y esos mismos años le ha costado llegar al lugar que ahora ostenta, dejando atrás al pulque, al aguardiente, al mezcal, ganándose la denominación de origen que sólo tienen grandes bebidas en el mundo, las mismas que también tomaron el nombre de donde nacieron: champagne, coñac, oporto. Ha pasado de ser sólo una bebida de cantina a posicionarse en las mejores mesas de manteles largos.
Antes del boom del tequila que se dio en los noventa, Tequila era un pueblo olvidado, ahogado por los gravámenes e impuestos, de una treintena de marcas, en pocos años llegó a tener casi mil. Eran los años en que todo oportunista hizo el suyo, le etiquetó con su nombre y lo envasó en lujosas botellas. Los más desarraigados quisieron darle otro status y dejaron de servirlo en su tradicional caballito, que tan bien se ajusta a la palma de la mano, al puño que palpita como un corazón, y comenzaron a servirlo en copa de coñac, que por orgullo, siempre me he negado a aceptar. Ahora Tequila es un pueblo próspero, con una autopista de cuatro carriles que acorta los 56 kilómetros que lo separan de Guadalajara. El paseo es bordeando azules mezcaleras como un mar tendido al ras de la tierra.
Así como el chile y la tortilla, que nunca faltan en las grandes comidas del mexicano, la cantina y su mundo interior donde no es raro encontrar un altar a la virgen de Guadalupe, nos ha dado identidad, no el café como en La idea de Europa que apenas en este nuevo siglo comienza a ser popular. Cuando en 1992 llegué a vivir al Distrito Federal el café sólo se tomaba en casa o en los restoranes Vips y Sanborns donde siguen sirviendo una insípida agua diluida. Sí había algunos cuantos cafés de tradición, pero nada comparado con tantas cantinas que aún subsisten casi en cada esquina, en cada rincón de México, donde sólo varía un poco el estilo de la música, la comida, el refresco de cola. El mexicano ha de traer la sangre caliente para decir lo que le duele, para darse valor y a veces también para pensar. Como si en la cantina se sintiera dueño de su tiempo y del machismo que tan malamente exportamos en viejas películas. Y aunque la palabra termine con “a”, nada de femenino tiene la tequila, como he escuchado que le dicen en el extranjero. Sólo en un país que canta: “y los machos de Jalisco afamados por entrones…” puede tomarse el tequila para revivir alegrías y frustraciones.

Miguel Pérez de Lema
Como soy pobre -esto es, más pobre que antes- ya no compro libros y sólo releo, a veces, unas pocas páginas de algún clásico. Cuando dejé de fumar me dio por calcular lo que le había tributado a tabacalera en tantos años de esclavitud y darme el placer de viajar con la imaginación con esa suma alrededor del mundo. Lo que gasté en libros no me da para tanto, si bien tengo la duda de si no es también un vicio del que conviene desengancharse, este de leer libros. De momento, quitarse de comprar como medida económica, luego ya veremos si abandonamos para siempre la lectura como medida sanitaria.
Tantos años fumando y leyendo y no sé nada, no tengo nada, no espero nada, no he recibido nada de estas inversiones en humo y letra impresa. Veo ahora por el retrovisor que yo era un hombre que fumaba y leía, y casi nada más. Umbral hablaba de ese farallón de libros del que uno se va rodeando en casa y que lo aislan de la realidad, le roban el oxígeno y hasta los llamaba, a sus propios libros, “cajas de puros sin puros”. Pues eso, que ya no compro más cajas de puros sin puros, ni paquetes de cigarrillos con cigarrillos. Ya sólo, de vez en cuando, abro alguna de esas viejas cajas de puros, aspiro su aroma un rato y vuelvo a colocarla en su lugar. Ese lugar en el espacio de la casa al que han llegado los libros a través de una serie de combinaciones misteriosas en las que yo sólo he podido ser el medium. Quizá los libros conspiran entre ellos para crear un discurso coherente a través de su orden-desorden, de su contigüidad, de la sucesión de sus títulos.
Anoche abrí y olisqueé un Kundera del 94: “La identidad”. No releí entera esta novelita, porque ya no leo con inocencia sino de vuelta, y soy incapaz de interesarme por cómo termina una historia, por si la hija de la portera se acaba casando con el príncipe o el espía roba los planos de la central nuclear o qué se yo. Pero sí aspiré unos cuantos efluvios de máxima calidad que me recordaron que hay una esencia en la verdadera literatura que, a pesar de todo, merece la pena retener. Creo que esa esencia está en una o ambas de estas dos cosas: el estilo o el punto de vista.
De Kundera interesa sobre todo el punto de vista. En la novela una mujer pasea por una playa turística y observa con la precisión de un entomólogo cómo los hombres contemporáneos, cargados de niños, hemos dejado de ser padres para convertirnos en papás. Y cómo las mujeres nos desprecian -sin saberlo, probablemente- por ello. Me duermo con la idea de pertenecer a la primera generación de papás-papás y me acuerdo de mi padre, representante de la última generación de padres-padres. Y me reafirmo en la idea de abandonar este vicio de leer, con lo agusto que estaba yo anoche mirando la tele con los ojos en blanco hasta que me dio por desempolvar una caja de puros.
Wish you were here
por artistadesconocida
Unos días antes de perder la virginidad y empezar a beber whisky, oyó esta canción.
Estaba en casa del primero que le dijo lo que después habría de oír muchísimas veces: qué peligro tienes, Terremoto.
Cada vez que ella le echaba los brazos al cuello, o cuando su boca ávida de experiencias nuevas buscaba a traición sus labios de hombre, Él se echaba a reír, la apartaba con cariño y le aseguraba una vez más que no se dejaría liar hasta que ella cumpliera la mayoría de edad. No me lo pongas más difícil, más ganas que tú, tengo yo.
Él tenía 30 años y mucho más mundo: había tenido un negocio, había sido buzo en plataformas petrolíferas, había navegado por todo el mundo, se había casado y divorciado y, cuando ella le conoció, se había trasladado a un pueblo de la sierra. La invitaba a fumar porros, hacía artesanía que vendía en el Rastro madrileño y tenía una gata blanca que, en cuanto ella se sentaba- no importaba cuanta gente hubiera en la reunión-, se tumbaba sobre su regazo y comenzaba a ronronear.
Esta canción la devuelve a aquel momento. Se ve sentada en el sillón de orejas, mirando el árbol que había en el centro del patio, sosteniendo un porro en una mano y acariciando a la gata con la otra, imaginando- sin equivocarse mucho- cómo sería su vida.
Volvió a oírla mientras perdía la virginidad con otro.
Y cuando fue leal a la promesa de celebrar con Él su dieciocho cumpleaños.
Se sucedieron los hombres, pero la canción la ha seguido en su intensa vida como una maleta cómplice.
La canción no ha cambiado.
Y sin embargo, ya no significa lo mismo.
A los 20 años, le hacía soñar con el amor, con el hombre que tendría que llegar.
Que llegó.
A los treinta, le hacía añorar la libertad que por amor había perdido.
A los cuarenta la puso a todo volumen para quemar el nido.
Hoy, libre al fin, cuando vuelve a escucharla se da cuenta de que ya no echa de menos nada.
Ni a nadie.
Sobre todo cuando su hijo aparece en la cocina con la guitarra eléctrica colgada del cuello, la mira con sus mismísimos ojos y le dice:
- Te voy a tocar tu favorita.
Israel, Shemá Ishrael (1)
por Pedro Lluch

Es pronto, pero el Sol está ya alto. La luz del día, desleída en el polvo en suspensión que llega desde los desiertos, confiere al paisaje una granulosidad de foto antigua: en la distancia los colores se quiebran y pierden vigor. La carretera que desde Ammán lleva a Cisjordania traza sus curvas en el paisaje árido y se hunde hacia el valle entre barrancas y lomas desnudas, pedregales romos donde las cabras han trazado senderos paralelos como curvas de nivel. A lo lejos, se extiende el valle manchado de verdes apagados. Allá es Jericó, me señala el taxista: casas blancas al pie de una sierra pelada igual a la que ahora estamos bajando. Son las montañas de Palestina. Es Israel.
Ammán dista apenas 90 kilómetros de Jerusalén. Pero la excursión lleva horas: salí a las 07h30 y sólo llegué a Jerusalén a las 12h00. Controles fronterizos. Se han de cruzar las zonas militarizadas. El cruce ha de hacerse en autobuses especiales. Se ha de tener paciencia y tiempo. Y ganas. Y dinero (exit fees de un lado y del otro, autobuses, cambios de divisas…).
Salir de Jordania es relativamente fácil. Entrar en Israel es otra cosa. Inmediatamente luego de cruzar el río Jordán que hace de frontera se detiene el autobús en una garita y hemos de apearnos a enseñar los pasaportes. Alrededor de la garita dos soldados con subfusiles rondan despreocupadamente. Uno de ellos es negro, el otro moreno de ojos azules. Ambos llevan chaleco antibalas y kippá. El paisaje de colinas bajas está labrado de trincheras y posiciones de artillería. Ristras de alambradas y caminos de ronda. Garitas bajas en las cimas de las colinas. No se ve actividad, pero todo parece preparado para que pueda haberla.
Llego al check-point israelí con las manos vacías. No soy un mochilero. Ni soy un jordano o palestino con bártulos y bultos, todo gente mayor, que se apean del autobús conmigo. No he de hacer la cola para depositar nada en las cintas de los aparatos de radiografía. Y me dirijo hacia el control de pasaportes. Me intercepta un joven de veinte años tirando a flaco, en camisa y tejanos y con gafas de sol. De un arnés atado al hombro le cuelga un fusil de asalto Galil de culata plegable. Señalándome, me dice que pare. Doy un paso hacia él y levanta el arma y me espeta “Stand there, don’t move”. Ha gritado, me paro, la gente me está mirando; súbitamente siento que ha cristalizado la tensión; refreno la intuición que me lleva a levantar las manos; me doy cuenta de que estoy ya en Israel: he de ser más ágil obedeciendo las indicaciones de la policía. El policía me dice que vacíe los bolsillos. Le entrego el pasaporte, mi boli y el moleskine, el estuche con mis gafas de sol, la cámara. Lo coge todo con una mano (la otra sostiene el fusil a media altura, con el índice en el guardamonte) y lo deja aparte. No llevo nada más. Date la vuelta, me dice. Me doy la vuelta. Medio sonríe. Me da paso. Entro en la sala de chequeo. Me hacen quitar el cinturón. Me hacen pasar por un arco detector de metales. Me hacen entregar el mechero y el paquete de tabaco a un funcionario (que comprueba el contenido del paquete de Marlboro). Me lo devuelven. Sigo adelante. Los palestinos hacen cola pacientemente con los pasaportes en la mano, en silencio; hay algo en ellos de rebaño, de grey condenada y habituada a sufrir este tipo de controles. Me hacen entrar en un cubículo que me rocía con aire, supongo que tratando de oler si he estado en contacto con sustancias explosivas. Luego me tienen sentado un rato hasta que llega otro policía de civil que, con acento argentino, inquiere sobre mis razones para entrar en Israel. “He venido a visitar Yad VaShem y vuelvo hoy a Ammán para volar a casa”. Le parece raro. “No le dará tiempo”, me dice, “la frontera cierra a las cuatro”. Voy a Yad VaShem y vuelvo a Ammán, esta noche retorno a Barcelona, eso le digo. No quiero que sepan que he venido a encontrarme con el Joe the plumber local, Omar the Plumber, de Ramalah. Le conocí en Milán, durante una feria. ”¿Tiene los billetes?” “No, los he dejado en el hotel. He venido con lo puesto.” Sigue: “¿No lleva Usted ninguna arma, o nada que se pueda usar como arma?” Sonrío asombrado por la pregunta. No, contesto. Me devuelve el pasaporte y todas mis cosas.
Hago luego cola para presentar mi pasaporte a la oficiala de fronteras que lo ha de dar por bueno y visar. Sigue el interrogatorio. También la oficiala chapurrea el castellano. Me pregunta si he venido a ver a alguien. He venido a rendir homenaje a las víctimas de la Shoah, quiero ir a Yad VaShem. ¿Es Usted judío? No. ¿Cómo sabe Usted de la existencia de Yad VaShem? ¿Lleva Usted un arma, o algo que se pueda confundir con un arma? ¿Ha estado Usted anteriormente en Líbano, en Siria? Sí. En Líbano. Y en Siria también. En todo Oriente Medio, le digo, soy comercial, cubro Oriente Medio, vendo grifos. La oficiala empieza a hojear nerviosamente las hojillas de mi pasaporte. La tranquilizo: he hecho emitir un pasaporte nuevo para este viaje. Introduce los datos en su ordenador. ¿Lleva Usted su antiguo pasaporte encima? No. Sigue preguntándome. ¿Viaja Usted solo? ¿Dónde se alojará en Israel? Al final sella el pasaporte y me hace pasar a otra cabina. Me toman una foto. Me vuelven a preguntar si llevo armas. Digo que no.
En el torno que da acceso al vestíbulo de salida aún he de enseñar otra vez el pasaporte para comprobar que está debidamente visado y he de oír de nuevo que me preguntan if are you carrying any weapon.
Cuando salgo al sol otra vez considero que debería haber dicho que sí: llevo un boli conmigo.
Sangre caliente
por Marisol Oviaño

En el cuartito del fondo, a pesar del Adagio for Strings que tengo puesto, oigo a mi hija leer en voz alta y me embarga una emoción de felicidad temblona que debe ser eso que llaman maternidad.
Tendré que ir pensando en encender el fuego.
Tengo las manos frías, me cuesta liar el cigarrillo.
El frío y el tabaco de liar deben darme una estampa muy literaria.
Tengo poca leña, y pocas ganas de salir a la terraza a tiritar mientras cojo los troncos.
Pero disfrutaré tanto cuando me siente frente a la chimenea y prenda fuego primero a un palito en el que apoyaré, otro, y otro un poco más grande, y después el primer leño… - ni papel ni pastillas de encendido, nada de trucos- Seré tan feliz cuando el fuego comience a iluminar mi rostro y calentar mis pies…
De repente, me doy cuenta de que tengo ganas de follar.
¿Te apetece jugar?
Por Marisol Oviaño
La fotografía “Hambre”, que ilustra este artículo es de Manugón, uno de los artistas que expondrá su obra en FAIM (Palacio de Congresos de Madrid) del 21 al 24 de noviembre.

Nos propusieron hace unas semanas que tomáramos parte en FAIM, Feria de Arte Independiente de Madrid.
No sé si es arte lo que hacemos- tampoco me preocupa-, pero sí sé que soy independiente. Que le pregunten a mis hijos cuánto nos ayuda el Estado por ser familia monoparental sin pensión alimenticia que dé un empujoncito a nuestra economía: ni siquiera nos permiten acogernos a los descuentos de los que sí gozan las familias numerosas en el Polideportivo Municipal.
Que le pregunten a los colaboradores de Proscritos cuántas subvenciones nos repartimos para poder escribir con libertad sobre lo que nos da la gana.
Que le pregunten a todos los amigos que ponen trabajo, entusiasmo y hasta dinero para que Proscritos siga siendo fiel a su cita en la Red.
¿Por qué no acudir a FAIM a hablar de Seduciendo a dios y el Ejército del Futuro?
¿Por qué no hacer algo divertido?
Podríamos empezar por quedar el día 15 en la concentración de la Puerta del Sol contra la política de rescate de la banca y llevar una cámara de video ante la que todo el mundo pudiera quejarse. El resultado podría proyectarse durante nuestra pequeña performance en FAIM el día 22.
¿Te gustaría jugar con nosotros?
Si no pudiste oírnos…
y te gustaría haber podido: la libélula, radio 3
(Nosotros salimos en el último cuarto de hora)




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